martes, 22 de junio de 2010

¡Quien vio cruzar al Gran Poder, vio caminar a Dios mismo!





"A continuación, percibiremos el caminar seguro y firmísimo del Cristo de Sevilla. De ese Cristo del Gran Poder, que es Dios mismo que cruza nuestras calles cuando la ciudad entera se ha hecho ruta, borde y ladera, de ese divino caminar.

Porque para Ti, Cristo Bendito del Gran Poder, ya lo he dicho y vuelvo a repetirlo:


Toda Sevilla, Señor,
es borde de tu camino;
toda su luz, resplandor,
de tu farol encendido;
todo su aire, como el paso
de tu sublime martirio;
Todos sus balcones, jarras
cinceladas de platino;
toda su gracia, faldones
a tu sereno equilibrio;
todas sus calles y plazas
amargura sin sonido;
toda su sombra, la túnica
de tu cuerpo dolorido;
todo su mirar agujas,
bordándola de oro fino;
todas sus copas saetas
clavándose en tus oídos;
toda su voz, capataz
para alzarte con cariño;
todas sus flores, claveles
para cuajarte en los frisos;
todo vuelo, golondrina
para arrancar tus espinos;
todo recuerdo, oración;
todas las promesas, lirios;
todas las fuentes, de llantos;
todo el silencio delirio
y anónimo costalero,
la blanca flor del suspiro.
¡Quien vio cruzar al Gran Poder,
vio caminar a Dios mismo!

miércoles, 9 de junio de 2010

lunes, 7 de junio de 2010

"Morarte" de la Puebla by Antonio García Barbeito.



Así, así, despacio, como sale un palio; y más despacio, como envejece el vino; y más despacio, como envejece el tiempo. Así, así, que una media dure más que una faena, que tu capote tarde más en desperezarse que en hacerse, que al rosa de tu capote le dé tiempo de despintarse en lo que tarda una verónica tuya. Así, así, como ya lo vimos, hace mucho tiempo, en otras manos —¿o acaso así no lo vimos nunca?—; así, como si estuvieras enseñando a leer al toro… ¿Una silla? ¡Un trono! Incluso sentado en una piedra mantendrías la torería en el tipo. Un trono para ti, muchacho, el Trono.

Huérfanos de esa gracia andábamos, sin saber a qué carta quedarnos para tratar de conformarnos con algo que se le pareciera a cuanto habíamos soñado. Y llegaste tú. Y llegaste tú y ya ves, se quedó claro en el ruedo un Morante y un después. ¿Qué será eso, Dios mío? ¿Qué se sentirá un torero en la sangre, en la cabeza, en las manos, para ver venir un sueño en punta y convertir en milagro lo que nadie imaginaba? No, tú no eres heredero de nadie, ni tus manos han recogido cetros de otros, ni hay en ti maneras prestadas ni modelos copiados. Tú eres tú y sólo tú. Cuando al toreo llega alguien así, no estamos volviendo a ver sino viendo por primera vez la luz de otra aparición. ¿Una silla? ¿Qué silla? ¿Es que hay sillas dignas donde darle sitio a tu arte torero? ¡Un trono! Quien llega así sabe que manda sin decirlo, sabe que es el más grande sin más necesidad que la de firmar la propiedad del arte ante la cara de los toros, así, sin sangre, así, toro y torero enteros, allí, cinco años de ensayos de embestidas, aquí, un capote que saca del horno, recién hecha, la inspiración de la verónica. Que lo conteste quien quiera: si a eso llaman una media, ¿qué será, Dios, una entera?

Así, así, despacio, la eternidad suspendida en un vuelo bajo, segundero de un Dios cansado hecho percal. Así, así… ¡Un trono! ¿Existió otra vez ese toreo de capa? ¡Qué más da! Un toreo así nace cada vez que se hace. Un toreo así siempre es único. No hace falta ni estar más preparado que nunca, ni andar en racha, ni que la suerte se ponga de tu parte: es saber y decirlo cuando el genio lo considera —quizá sin saberlo— oportuno. Y queda hecho. Inimitable, tanto, que ni el mismo genio podría hacer lo mismo otra vez. ¿Una silla? Cualquier silla sería pobre. ¡Un trono! Y un Morante. Y un después. Y un siempre. Y un nunca.

DIARIO ABC DE SEVILLA 06/06/2010.

martes, 20 de abril de 2010

jueves, 25 de marzo de 2010

jueves, 18 de marzo de 2010

lunes, 22 de febrero de 2010

Un cielo azul Carretería... By Antonio Burgos.



Si quieren dibujar esta tristeza, pongan un cielo azul Carretería al caoba del Gólgota en Varflora. Si quieren dibujar Sevilla antigua, pongan cardos y garras de unos zancos. Que sean cuatro pájaros de presa, cetreros de un Calvario entre cornetas, con tambores que rufen primaveras «con la pena cabal de la alegría».
Si quieren detener un tiempo viejo con las flores de lises de San Telmo, miriñaques y encajes de la infanta, y levitas de médicos muy sabios con barbas de krausistas descreídos, y pintores de Corte fandangueros que retratan de majo al Sursum Corda, y vapores que van para La Habana, aprovechen el barco que ahora sale, galeón de caoba de los sueños.
Tiene por Capitán a un Cristo muerto. La amura del costado te deslumbra con esa Luz de Tres Necesidades, escala, mármol, sábanas de Holanda, que una Virgen del barrio va pidiendo y que el sol de la tarde ya le entrega. Sol que llega de un muelle con sirenas de vapores que bajan a Sanlúcar, de goletas que van a Nueva España, de naranjas que son para Inglaterra: las lleva un bergantín donde enarbola la bandera de un seise la Giralda.
En este viejo barrio tonelero donde tiene su Acera la Marina y el Áncora una calle que fondea arenales de Pali y Baratillo, el Cristo capitán del Viernes Santo, de ese barco que al golpe de un martillo levanta una emoción de muchos nudos, de tantos como tiene la maroma de oro viejo que ciñe sus amuras...
El Cristo capitán que manda el barco, ese sueño que encuentras cada Viernes, con su tripulación de Nicodemus, consignatario un tal Arimatea, el práctico del muelle en negro terno lo saca del tinglado sin rozarlo...
El Cristo capitán, venía diciendo, esta tarde en Sevilla desembarca. Y navega otros mares, conocidos. Sus pies clavados echa a nuestra tierra, al albero solemne de los toros, al serrín de fandango en las tabernas, al mármol de columnas de las Gradas, al adoquín que suena con los cascos de las mulas de un carro de Aramburu, al mantillo de rosas que florecen en el jardín cerrado de Mañara.
Cristo en la tierra está, Crucificado. Ha bajado del barco carretero y recorre estas calles marineras: Techada, Antonia Díaz, Adriano, Almirantazgo, Arfe, Dos de Mayo. Y la que lleva el nombre de Pavía, que recuerda al perol de Isabelita y al papelón de estraza donde Juana, de la estirpe más noble del Postigo, escribe pergaminos de grandeza del Arenal, más grande que de España.
Por la puerta que el barrio le abrió a América ya pasa el Capitán, llevado a hombros. Así sacan aquí a los toreros. Tres orejas cortó con su faena, allá en Jerusalén, que es buena plaza, pues cuajó el negro toro de salvarnos.
Son de hombres, de hombros, estas olas que el Cristo carretero va rompiendo. Aunque sin galeón en esta tarde, sin caoba ni nudos de maroma, el Arenal lo embarca ahora en su gloria. Conoce cada hombro que lo lleva. Se sabe tu apellido y tu memoria, el tramo donde siempre arde tu cirio, tu arpillera cargando en la segunda, de costero, en la amura de su barco.
Los cierros y balcones los conoce el Cristo que navega hoy con su gente. Sus lágrimas ha visto tantas veces... El padrenuestro ha oído tantos Viernes... Esta oración que ahora le dirigen le suena tan de siempre, tonelera... La noche cuaresmal no lleva lirios, ni tambores, ni suena una saeta. Lunes por el Postigo. Como entonces. Cristo de la Salud, mi Carretero, permíteme que rece tu plegaria en este Vía Crucis que es la vida: «Salud, Señor, Salud, mi voz ansía, /prométeme que al fin de lo vivido /me espera un cielo azul Carretería».

jueves, 11 de febrero de 2010