martes, 12 de mayo de 2009

"Como Sioux". (Columna del Diario “El País”, firmada por Javier Marías).



Me siento ante la máquina en Sábado Santo, y es la primera vez que lo hago desde el pasado Domingo de Ramos, y eso porque debo entregar este artículo y no me queda más remedio. Ahora mismo, por delante de mi casa, pasa una banda de tamborileros siniestros (túnicas marrones y capirotes morados, vaya mezcla) que atruenan todo el barrio. Son de la Cofradía de la Coronación de Espinas, de Zaragoza, y no sé qué diablos hacen en Madrid martirizando al personal a la hora de la siesta. En realidad sí lo sé, ya que llevo siete días literalmente cercado, prisionero, sitiado por las hordas católico-turísticas, que, como todos los años –pero siempre más–, toman los centros de las ciudades de España e impiden toda vida en ellos. A la Iglesia Católica y al Ayuntamiento les ha dado la gana de que yo no escriba, ni trabaje, ni lea, ni escuche música, ni vea una película, ni pueda hablar por teléfono, ni recibir una visita, durante ocho días. También ha decidido que no pueda salir de mi casa si no es para mezclarme con la muchedumbre fervoroso-festiva e incorporarme a sus incontables procesiones, cada una de las cuales dura unas cinco horas. Sólo por delante de mi portal han pasado ya unas siete, la primera, como he dicho, el Domingo de Ramos. Desde entonces he vivido a su merced inmisericorde: el permanente ruido de sus clarines y tambores me lo he tenido que chupar por narices, más allá de la medianoche, porque, en un Estado aconfesional, la ciudad se les entrega para que hagan con ella lo que quieran y además lo impongan a la población entera, sea o no católica.

La España actual se parece cada vez más a la del franquismo, es decir, cada vez resulta más decimonónica. Entonces –durante el franquismo– la Semana Santa era obligatoria. Estaba prohibido emitir por la radio cuanto no fueran misas y música más o menos religiosa; a los cines se les permitía exhibir tan sólo películas pías o, a lo sumo, de la época de Cristo, y uno tenía gran suerte si podía ver Ben-Hur o Barrabás, que al menos eran espectaculares y con gladiadores; a los niños nos decían las abuelas que no podíamos cantar ni estar alegres; el luto por un muerto de hacía dos mil años se imponía a toda la ciudadanía. Ahora las televisiones no sólo pasan las mismas películas y algunas nuevas y peores, como la histérica y demente versión de Mel Gibson, sino que en sus telediarios sacan sin cesar imágenes de procesiones, como si éstas fueran noticia, sin la menor vergüenza.

Aparte de las molestias, es lo que todo esto precisamente me causa: vergüenza. No es que haya más beatos que hace unos años. De hecho, y bien se duele la Iglesia, la sociedad está cada vez más secularizada. Lo que ocurre es que a las procesiones se les ha visto el gancho tribal-folklórico. Como he asistido a un montón de ellas a pesar mío, sé de qué hablo. La mayor parte del público que las mira y sigue son guiris de la peor especie con sus cámaras idiotas permanentemente alzadas. Contemplan el espectáculo –si es que a cosa tan aburrida y sórdida se la puede llamar así– de la misma manera que nosotros observaríamos una danza comanche o sioux alrededor de unos tótems. Ven a unos tipos flagelándose, andando de rodillas o descalzos, cargando cruces y demás, como nosotros veríamos a unos indios sometiéndose a la ceremonia de iniciación consistente en ser izado por unos ganchos clavados al pecho, cuya carne se desgarra largo rato, o como vemos por televisión a ciertos musulmanes desollarse vivos en no recuerdo qué efeméride. Se quedan atónitos esos turistas ante las lágrimas o las expresiones de inverosímil arrobo que los más devotos dedican al paso de unas efigies horrendas y sobrecargadas, sean el Cristo de los Escaparates o la Virgen del Pasamontañas.

No nos causa rubor ofrecernos en nuestra vertiente más primitiva, más supersticiosa, más atrasada. Es más, lo procuramos: vean lo exóticos que somos, y qué brutos, y qué elementales, y qué cutres. Lo más deprimente es que este regreso al tribalismo es también jaleado por gentes supuestamente racionales y de izquierdas. Digo supuestamente porque nadie que no sea un propagandista de la fe católica, o un mercachifle avispado, puede prestarse a ser costalero o cofrade, y ahora hay muchos presuntos agnósticos o ateos que se privan por ser admitidos en la Hermandad del Vinagre o en la Cofradía de los Californios, les da lo mismo. A eso se lo llama, desde los tiempos del Cristo, ser un fariseo.


Cada vez más decimonónicos, sí, en Madrid al menos. Un Ayuntamiento y una Comunidad beatos le van a permitir a la Iglesia edificar, en la privilegiada zona entre San Francisco el Grande y las Vistillas, un “pequeño Vaticano” de miles de metros cuadrados. Con ello la Iglesia se cargará el mejor perfil de la ciudad, que pintaran Goya y otros, esa vista dejará de existir para siempre. ¿Y qué hará la Iglesia a cambio? Es risible. “Devolverá” unos terrenitos que el anterior alcalde, Álvarez del Manzano, le había donado. En un Estado aconfesional, la Iglesia Católica no sólo recibe dinero a espuertas de los contribuyentes, sino que le salen gratis sus tropelías urbanísticas, a las que se opone todo el vecindario. Si esto no es franquismo, que venga el tirano y lo vea. Claro que entonces esta tétrica Iglesia lo volvería a cobijar bajo palio, como antaño.


(Fuente: Diario “El País”, Javier Marías, La Zona Fantasma, articulo “Como Sioux”. Columna del 26 de Abril del 2009).


Respuesta al Quite…


La ignorancia elevada a la máxima potencia. Usted será un experto conocedor de la “España Republicana”, esa que usted conoció por boca de su padre y que marcó su infancia fuera de España (aunque para usted no tiene fin en sus libros, artículos y la revive en numerosos films del “new cinema español”…y, cómo no, por una redacción que se lo recuerda cada día). Cada mañana, más de uno espera sus palabras condenadas a unas siglas y que sólo mueven el resentimiento de algo que ya no existe.

Si por un lado aprecio su labor como periodista, analista y escritor, por otra parte no puedo dejar de reconocer que ese articulo es una protesta por ruidos (que oportunidad para haber redactado esa columna en “Cartas al Director”, quizás sus pataletas varias diarias encajan más en ese apartado).

Eso sí, le reconoceré que no puedo dejar de horrorizarme con ese sentimiento incondicional contra España, los valores de sus tradiciones y por la gente que las defienden. Es usted uno de esos personajes únicos y privilegiados que crean corrientes de opinión con una difusión diaria hacia millones de personas. ¿Se da cuenta qué este tipo de afirmaciones van mucho más allá del color de un periódico? Yo no se si usted desde su casa del centro de Madrid ve el mundo, tampoco se si ve usted la cara de todos los españolitos que somos cristianos o, si por el contrario, sólo ve en la gente la cara de Franco.

Siendo miembro de la Real Academia de la Lengua Española podría haber sido mucho más sutil en sus aseveraciones, pero leyéndolo veo que la mesura no es uno de sus fuertes.

Ojalá que ese valor enfundado en su pluma tuviera tinta para escribir con la misma arrogancia sobre el mundo islámico.

Ustedes que defienden un país de libertades, un país donde todos encajamos, una nación plural donde los artistas son sus altavoces (y que no se quejen, ni sufran vaya a ser que los señores de la SGAE se queden sin comer, industria Made in Spain).

La penitencia, desde luego, debe llevarla usted en su nombre, cuando vea su DNI le tiene que doler hasta la cara. Porque Javier unido a Marías (las de mi Cruz al Hombro) son sin duda una maldición de santoral que le marca cada firma.

Pero créame, con el tono irónico en off, debo decirle que en parte de ese articulo tiene razón. Mucha gente que piensa como usted no es capaz de decirlo y encima son sumisos cofrades, algunos de ellos de pleno derecho, algunos otros con cargos, resignados porque su imagen de “rojo” ya se les ha quedado obsoleta y tienen que darse mil golpes de pecho para ubicarse en la sociedad, y como no, una subespecie que yo calificaría como los innombrables, esos basculan su mundo desde la ignorancia de las tradiciones a la fe, acercándose a cualquier estamento en busca de honores (estos últimos no tienen culpa de nada “Perdónalos porque no saben lo que hacen”).

Por último podría regalarle muchos adjetivos, igual que ha hecho usted en su articulo, pero estaría devolviéndole la misma moneda. Así que pensándolo mucho, mejor le dejo una magnifica composición cofrade (no la vaya a recomendar para los créditos ni para el final de una batalla de ningún largometraje). Espero que se recree con ella en ese rincón privilegiado de la capital de España.



5 comentarios:

Arbaro dijo...

Magnifica respuesta!!!

Macarena dijo...

Pobre ignorante académico...
(Suscribo a Arbaro)

JuanFra Oreja dijo...

No me explico como se pueden llamar demócratas a estos señores, esos que se les llena la boca hablando de libertad, que tanto hcen por ella.
Gracias Jorge por esa magnífca contestación, 1 abrazo muy fuerte desde Badajoz, de tu amigo Juan Fra.

Caballa dijo...

Gracias por vuestras palabras, no nos merecemos articulos como estos.

Abrazos y Besos Gracias.

deCos_talero dijo...

Menudo malnacido el javier marias este, no podia escribir en otro periodico que no fuera el pais.